Agarro la pequeña taza blanca, despacio, con cuidado de no quemarme, y me pierdo en la intensidad del humeante líquido marrón. Entonces, entre el vapor aparece el extenso río Caroní, en una tarde lluviosa, las oscuras maderas de la pequeña cafetería en la que, como si de un ritual sagrado se tratase, tomaba café solo junto a mi padre (padrastro), tras disfrutar de alguna exposición.
Lo tomo caliente, muy caliente, casi hirviendo, para recordar la calidez del hogar del que tanto kilómetros me separan. A cada sorbo aparecen colores, trazos, volúmenes abstractos, palabras suspendidas en el aire, Chillida, Picasso, Schiele…
Un sabor amargo, rotundo, sin máscaras, que se extiende en mi boca hasta extinguirse suavemente. Refugio de recuerdos y nostalgia. Aunque, debo admitir, que la primera vez que lo sentí en mis labios, siendo una niña, me horrorizó; hasta el punto de querer escupirlo, cosa que no hice porque yo era una “señorita” y no quería defraudar a mi padre, que tanto apego tenía a esa extraña bebida. Con el tiempo, aprendí a amarlo, hasta que actualmente se ha convertido en vínculo a una de las personas que más estimo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario